¿En qué se parece la historia de la imprenta a Megaupload?

Esto es una historia de ficción, pero primero debo aclarar que estoy plenamente de acuerdo con los derechos de autor, la propiedad intelectual y cualquier cosa que permita a los individuos ganarse la vida en igualdad de condiciones. También en que cada uno pueda vender sus creaciones como le parezca oportuno, solo faltaría.

¿En qué se parece la historia de la imprenta a Megaupload?

Tipos de imprenta como los inventados por Gutemberg. Willi Heidelbach (CC BY-SA)

Aunque hacer trampas está feo. Cuando el liberalismo se retuerce, para que solo sean los otros los que deban disfrutar de las ventajas de la competencia y el libre mercado, mientras nuestros productos deben ser protegidos, el sistema pasa a ser profundamente injusto. Entonces ¿por qué dejar que el interés de unos pocos limite el avance de la economía y el progreso de la sociedad? Nuevas reglas del juego implicarán cambios, ha pasado anteriormente, pero seguro que abrir las puertas será beneficioso para la mayoría. Incluidos los que quieren proteger hasta la extenuación un sistema que ha dado de sí, lo que podía dar. La alternativa a dejarles campar a sus anchas es 1984. ¿Es el futuro que queremos?

Porque si la historia de la imprenta hubiera sido diferente, nos podría haber llevado a un mundo más parecido al Brazil de Terry Gilliam, esa representación deprimente, maquinista, donde la burocracia y la falta de creatividad, eran el signo de una sociedad que Orwell retrató en 1984. Un mundo muy diferente al nuestro actual. ¿Cómo hubiera sido el mundo si la imprenta hubiera estado en unas pocas manos? La historia podría haber empezado así.

1450. De como Gutenberg presenta la imprenta al banquero Fust, su sobrino Schöffer y el abad del monasterio

Sobre el año 1450, un monasterio en las cercanías de Maguncia. Nos encontramos en una gran sala con gruesos muros de piedra, pobremente iluminada, por la luz que entra del exterior y algunas velas distribuidas por la sala, situadas en ocasiones, al lado de los monjes que se afanan copiando manuscritos. Su trabajo es crear nuevas publicaciones que representen fielmente los textos originales. Son artesanos extraordinariamente hábiles, que en muchos casos ni siquiera saben leer o entienden lo que están replicando, y aún así dedican todo su empeño y buenhacer a una obra que les llevará toda la vida.

En otra parte de la sala, donde los rayos del sol dejan algo de su calor, el abad del monasterio charla con un banquero y su acompañante. Son los encargados de financiar la operación y vender los libros creados por los monjes. Mientras comentan en voz queda algunos detalles de la evolución del negocio, otro monje accede a la sala, caminando hacia el grupo.

-Padre, un visitante dice tener una máquina para reproducir libros -espera alguna reacción, con curiosidad-. Solicita hablar con vos.

El grupo interrumpe la discusión y centran su atención sobre el monje.

-¿Una máquina para reproducir libros? -confirma el abad en tono expectante-. Hacedle pasar, hermano.

El monje sale de la habitación tan silenciosamente como entró, mientras los tres hombres se observan brevemente. Un gesto de curiosidad anima sus rostros.

-Ciertamente cualquier herramienta que facilitase el trabajo sería de gran ayuda, para aumentar la producción -sostiene el tercer personaje, que hace las veces de empresario en la sociedad-. Pese a la incorporación de aprendices cada año, ahora tenemos una lista de espera que ya se acerca a los dos años para iniciar un encargo. Con lo que el plazo de entrega medio pasa de los cuatro años, y en la medida que nos encargan obras más complejas, es previsible que se alargue notablemente. Los clientes buscarán nuevos proveedores.

El banquero asiente con la cabeza, mientras espera alguna confirmación por parte del abad.

-Me han llegado noticias sobre máquinas con el mismo propósito, y he visto algunos sistemas xilográficos que pueden mejorar la capacidad de produccion -afirma el abad-. Sin duda permiten realizar tiradas de varias decenas de ejemplares con gran facilidad, aunque el resultado no es comparable al trabajo de nuestros hermanos. Solo servirían para crear panfletos u obras menores, nunca manuscritos de calidad.

Mientras acaricia las páginas de un manuscrito en proceso de creación, dispuesto sobre un robusto pupitre de madera, el abad recorre con la vista la sala, deteniéndose en uno de los monjes más ancianos, que se afana en la tarea, reclinado sobre su obra, situado a contraluz de la ventana cercana.

La puerta se abre de nuevo y aparece el monje, seguido de un personaje cubierto por numerosas capas de ropa, cargado con un voluminoso cartapacio de cubiertas de piel y madera, que deja entrever papeles amarillentos y otros contenidos.

El banquero se dirige al recién llegado, imprimiendo premura y autoridad en lo que podría considerarse un saludo.

-Bueno, veamos lo que tiene para ofrecernos, señor...

-Gutenberg. Johannes Gutenberg. ¿Puedo saber con quién hablo señor?

-Soy Johannes Fust, el banquero del monasterio. El padre Silvio, abad del mismo, y el señor Schöffer, el responsable de comercializar sus manuscritos.

-Tanto gusto señores. No sabía que tenían un negocio tan organizado entre manos. Pero tanto mejor... Fust ¿de la familia de banqueros judíos....?

Gutemberg dirige una mirada cargada de intención, pero rápidamente, sin esperar respuesta, continúa con la presentación. Sin dar oportunidad al banquero de responder, que muestra un leve gesto de descontento, ante el comentario del visitante.

-Permítanme, sin más dilación, mostrarles mi máquina para imprimir libros.

Gutenberg coloca el cartapacio sobre un pupitre, comienza a sacar planos y los tres hombres se reúnen a su alrededor, para escuchar su explicación sobre el funcionamiento de la máquina que es capaz de reproducir libros. Tras unos minutos de exposición, se establece una animada conversación entre éste y el abad, en la que intervienen de vez en cuando, para obtener alguna aclaración, los otros dos personajes, pasando de las muestras de reserva iniciales, a un evidente interés según avanza la charla.

Tras más de dos horas, el banquero Fust interrumpe la disertación del inventor y amablemente, le emplaza unos días después en la oficina del banco para analizar los detalles financieros del proyecto. Este acepta la invitación con un gesto de excitación contenida en su rostro. Por fin conseguirá la financiación para crear su máquina de impresión de libros: su imprenta.

Rápidamente recoge todos los materiales, se despide del grupo, dirigiéndose con gran cordialidad al abad, y abandona la sala de trabajo, acompañado por el monje con el que llegó al principio.

El banquero lleva al al abad hacia a una zona en penumbra de la sala, al tiempo que hace un gesto a Schöffer para que no se quede atrás.

-¿Qué le parece la idea padre Silvio? ¿Ve factible esa máquina? ¿Cree que funcionaría y podría construirse?

-El planteamiento es muy interesante. Esos tipos móviles, en los que se basa la imprenta del señor Gutenberg, podrían representar una gran ventaja sobre los otros sistemas de impresión de los que he oído hablar. Si he entendido el funcionamiento permitiría componer cualquier texto. Además al estar fabricados en hierro, podrían realizar muchas más copias que las imprentas de madera actuales, y sobre todo con una mejor calidad. En teoría y si es capaz de cumplir su promesa, podrían crearse copias prácticamente iguales.

El abad reflexiona durante un corto periodo de tiempo. Y cuando el banquero está a punto de decir algo, continúa, como si no hubiera terminado la frase anterior.

-Diría que sí, que es posible construir una máquina así. Sería magnífico contar con un invento semejante. Nos permitiría realizar tiradas muy superiores y hacer llegar nuestros libros a muchos más lectores.

-Bueno, bueno, eso... Déjeselo a mi sobrino padre -el banquero lanzó una mirada cargada de intención a Schóffer-. ¿No es así querido Peter?

-Eh... por supuesto tío -un breve titubeo, seguido de un carraspeo, le permite enlazar con la sugerencia del banquero-. Padre Silvio tenga en cuenta que si solo nosotros tenemos la máquina y las distribuimos cuidadosamente, podríamos vender los libros al mismo precio, o ligeramente inferior, si lo cree necesario, pero con un margen muy superior. Por supuesto los que tuvieran acceso a nuestro sistema de impresión deberían seguir nuestras normas. Sería una condición básica para conseguir una imprenta.

-Pero ¿por qué deberíamos ganar tanto dinero? Casí podríamos entrar en el terreno de la usura, al vender algo a un precio tan artificialmente alto. ¿No?

Al no obtener respuesta de los otros, tras una breve espera, el abad continúa su reflexión.

-Fácilmente con la velocidad de trabajo de la máquina del señor Gutenberg, podríamos multiplicar nuestra producción por cien. O por mil. Igualmente tendríamos todos unos ingresos muy superiores y podríamos contar incluso con dos máquinas produciendo. Ampliaría el monasterio y podría haber muchos más monjes ocupándose de los libros, que con seguridad serían capaces de ponerse a trabajar en un plazo más corto. Ahora hacen falta varios años hasta que un monje es capaz de empezar a copiar -espera alguna reacción, pero sus interlocutores permanecen en silencio-. Por otra parte, no se si el principe o los miembros del gobierno estarían de acuerdo en que controlásemos esta tecnología y los resultados. Pero dudo mucho que mis superiores lo admitiesen. El obispo es un claro defensor de la cultura y quiere promover su difusión entre el resto de los fieles.

-Usted no se preocupe por eso padre Silvio. Ya me encargaré yo de arreglar lo que sea necesario, acudiré a Roma si fuera preciso. Ahora lo importante es que este sistema funcione y realmente ofrezca los resultados que ha anunciado el señor Gutemberg. ¿No te parece querido Peter?

-Sin duda apreciado tío -hace una breve pausa, dirigiéndose de nuevo al abad-. Padre es un fin muy loable, pero a la postre la mayor parte de la gente no sabe leer. Y aunque aprendieran, cosa harto improbable ¿cree que llegarían a apreciar toda la riqueza y la cultura que se encierra en esta sala? Dejemos la literatura para los que pueden apreciarla y, sobre todo, pagarla.

-Bien dicho estimado sobrino. Además padre no olvide que si algún día muchas más personas deseasen acceder a estos bienes culturales, estaríamos encantados de satisfacer su apetito. Por supuesto de acuerdo con unos criterios empresariales razonables. Seguro que llegaríamos a un acuerdo que facilite el progreso del monasterio. Además el artífice de semejante proceso seguro que encontrará muchas puertas abiertas. Incluso en las más altas esferas eclesiásticas.

-Hijos mios, ustedes son los expertos en la materia. No acabo de tener muy claro que sea el mejor servicio que podemos hacer en pro de la difusión de la cultura, pero sobre todo no parece lo mejor para el resto de nuestros congéneres. Me sitúa en una posición ética y moral complicada. Debo reflexionar sobre ello.

2012. Megaupload... Ser o no ser

Año 2012, en algún lugar de la costa este de Estados Unidos.

Dos individuos toman café sentados en enormes sillones de piel de un color claro, ante una mesa baja de cristal. Al fondo rodeada por paredes acristaladas que permiten una amplia panorámica de la ciudad, hay una enorme mesa de trabajo, de líneas muy sencillas, con un par de pantallas y un teléfono. Hay pocos muebles, una decoración minimalista, con elementos de gran calidad. Es el contenido del generoso despacho, que tiene casi las dimensiones de una cancha de tenis, de John Fust, del mayor de los dos hombres, CEO de un conglomerado con intereses en el mundo del entretenimiento en general.

Se dirige a Peter Schofer, sobrino de Fust y responsable del área de nuevas tecnologías, de una de las empresas principales del grupo.

-Qué pesados la gente esta de Megaupload y todos los quejicas que quieren que pongamos nueeeestra cultura al precio que a ellos les da la gana. Como si tuvieran algún derecho a decidir.

-Hombre tío no se si podremos mantener esta situación indefinidamente.

-Sin duda lo haremos querido Peter. Ha ocurrido durante cientos de años y no va a venir ningún tuercebotas a decirme como debo gestionar nuestro negocio -se detiene mientras da varias caladas a un habano tan generoso y exagerado como todo lo que le rodea-. Es bien fácil de entender cada dólar que bajemos en un CD, nos costará 1.000 millones cada ejercicio, en unos pocos años, si la evolución de China y otros países sigue al actual ritmo.

Deja el puro en el cenicero y toma un sorbo de café, mientras su vista se pierde en el horizonte lejano, por el que asoma la bahía y algunos barcos.

-Aún si tuvieramos que llegar a bajar los precios, cuanto más aguantemos el pulso, más acabaremos ganando. ¿Lo entiendes Peter?

-Por supuesto tío, pero ¿no crees que deberíamos centrarnos en el mercado digital y olvidarnos de las plataformas tradicionales? Es algo que ocurrirá inevitablemente.

-Sin duda ocurrirá, pero en ningún caso debemos ceder. Cuanto más consigamos mantener los sistemas actuales y el status quo, más partido podremos sacar de nuestros socios en los medios y las instituciones. Menos trabajo nos costará defender nuestra postura.

Se detiene y toma de nuevo la taza, paladeando el magnífico café que le envían directamente de Costa Rica. Consigue un precio especial, sole le cuesta 200 dólares la libra.

-Piénsalo, es más fácil demonizar Internet si sigue habiendo algo tangible y hay personas que dependan de ello, que pueden perder sus empleos, sus negocios, que los demás pueden ver sufrir. Debemos mantener su situación, sus derechos el mayor tiempo posible. Mientras podamos debemos hacerlo, se lo debemos, y son un instrumento magnífico. No podemos destruir medio milenio de historia por las ocurrencias de los pirados de Internet. ¿No estás de acuerdo querido sobrino?

-No se... Tío... Creo que la jugada podría llegar a salirnos mal. Aun no tenemos un control del medio que nos permita atajar cualquier movimiento digital. Dejando de lado a los del todo gratis, existe un movimiento muy poderoso que reclama, no solo una bajada de precios, sobre todo demandan un acceso más ágil a los productos que comercializamos. Y parece de sentido común, no dejar de ganar dinero.

-Peter nosotros nunca dejaremos de ganar dinero. Nosotros decidimos qué, cómo y cuándo. Nuestros productos los vendemos como nos da la gana y a quien queremos. Y hay muchos que lo aprecian. Dejemos la cultura, nuestra música, nuestro cine, para los que saben apreciarla. Pero... sobre todo... Para los que pueden pagarla. Al precio y en las condiciones que nosotros marquemos.

Estos personajes que acaba parafraseando el uno al otro con 500 años de diferencia, bien podrían ser los descendientes de aquellos Schöffer y Fust originales. Serían los que gestionan la producción y, sobre todo, la distribución de la música, el cine y todo tipo de bienes culturales. Controlan el acceso al entretenimiento, promoviendo el cambio en la regulación que gestiona los derechos de autor. Por ejemplo prolongando la vida de estos derechos una y otra vez a lo largo del último medio siglo, hasta los 75 años actuales, para proteger sus intereses y los de su industria.

El consumo de soportes físicos como los DVD o los libros, seguirá reduciéndose rápidamente, ahorrando una preciosa energía y millones de toneladas de residuos inútiles. Todo el sistema de distribución lleva cambiando desde finales del siglo pasado y lLos dispositivos digitales seguirán creciendo en prestaciones y capacidad, siendo capaces de contener miles y miles de canciones y películas. Pero aunque la tecnología avance, a un ritmo que ni los más soñadores podriamos haber imaginado hace 20 ó 30 años, este tipo de personajes no dejarán de mover los hilos. Lo harán para mantener la misma política de derechos de autor, que les permita seguir ejerciendo el mismo control, que podrían haber iniciado en 1450, si la historia hubiese sido diferente.

Afortunadamente, hace 560 años no ocurrió así. Las imprentas crecieron, miles de editoriales se crearon a lo largo de los siglos y miles de millones de libros, periódicos y revistas han sido impresos desde entonces. Como en muchos otros ámbitos de la economía en los últimos años se acelera la concentración de la producción y distribución de los libros, películas o música. Así no debe sorprendernos que los más vendidos, estén en manos de unas pocas empresas de alcance global. Estas empresas tienen derecho a crecer, a lo que no tienen derecho es a impedir el acceso de otras empresas en igualdad de condiciones, que puedan competir con ellos. Pero sobre todo hay que limitar la duración de los derechos. Si una patente médica tiene una duración de 10 años, antes de que pueda haber genéricos ¿es mucho más especial una canción, que una aspirina?

N.A. Si bien algunos de los personajes son históricos, los roles que han jugado en el pasado y en la actualidad son puritita ficción.

Comentarios

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kreaten hace 10 años

megaupload no podia cumplir sus promesas y ese fue su principal motivo para cerrar, lo otro simplemente era creible.

Impresion Digital en Barcelona hace 14 años

Muy buena entrada.
Si te soy sincero al principio no lo pensaba leer por que lo veía muy largo. Peró una vez me he puesto... recomiendo la reflexión final, muy buena!
Un saludo.

nerjamartin hace 14 años

Genial relato y gran reflexión. Gracias :)

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